Un miembro más de la familia…
Desde el rincón privilegiado nos observa con su sombrero de conejo. En todas las familias hay un miembro llamado, Panasonic, sony, el LG o la Samsung, bravia. Formas múltiples delgada, rectangular, con cinescopio, proyecta a colores un mundo monocromático. Difunde la mejor estampa, la imagen apetecible; le da nombre a los anhelos de los tele-escuchas, los proyecta de formas suculentas y logra convertirlos en necesidades.
Nos observa estática con su gran pantalla. Es sorda, ciega, ella solo escupe sonidos y dislates en imágenes. El mundo ahí adentro es cuadrado, lejano y cuando logra entablar una empatía es vulgar y soez.
La televisión es una caja maravillosa, medio y filtro, esperanza y tortura, escaparate y abismo, fábrica de sueños y aplastante realidad. La voz de un pueblo lastimado se pierde en los cortes comerciales, no se difunde en los horarios estelares, es un grito sordo que habita en la historia de nuestro país.
Concebida como un medio de entretenimiento con el paso de los años ahora se ha convertido en una herramienta imprescindible para moldear opiniones, promocionar necesidades frívolas, difundir al personaje político en turno dotado de capacidades de alquimista, son capaces de construir gurús e identificar los peligros para México.
La sociedad mexicana, trata y se queda en el intento, de recrear la realidad que observa en la pantalla, ensimismada en las necesidades aspiracionales que día a día se construyen en un set y se trasmiten por su televisor ataviada con los modelos de moda o el personaje ah doc de acuerdo al sector poblacional al que va dirigido el mensaje lo recibimos de forma pasiva, aún nos faltan desarrollar algunas enzimas para digerirlo. Las teorías que explican sofisticadamente que el receptor ya no es pasivo corresponde a otras latitudes porque aquí en gran parte de México se siguen indigestando con productos televisivos que al parecer tienen las mismas propiedades que la comida chatarra, puesto que, generan una adicción.
La parafernalia televisora no es mala o buena solo se guía por sus intereses personales que fluctúan entre los económicos y políticos. Los programas de ratings altos, los noticieros, telenovelas, programas de espectáculos, deportivos, etc. No son enajenantes solo se aprovechan de la ignorancia de sus telescuchas. Estos programas son herramientas que responden a necesidades de las televisoras de impactar cierto sector poblacional para que de esta manera puedan ofrecer a los verdaderos dueños de la televisión, los empresarios, un puñado de espectadores ávidos de necesidades muy elaboradas. La responsabilidad es compartida aunque responsabilidad compartida no quiere decir que exista una equidad entre ambos.
Recuerdo en una ocasión en los tiempos de estudiante acudí a una ponencia magistral, donde el tema central era el de la comunicación y medios. Los panelista eran José Luís Cebrián, co fundador del País, Carlos Monsiváis, todo lo que pueda abonar sobre él sale sobrando y el pedagogo Pablo Latapí Sarre quien sugirió un sencillo ejercicio de como aprender a ver la televisión que para fines prácticos se los compartiré parafraseándolo:
- Toma el tubo de cartón que tiene en medio el rollo del papel higiénico y observa a través de el., simula una cámara de video y notaras que solo se capta una parte del todo que conforma la realidad.
- Ahora prende el televisor y obsérvala sin sonido y analiza el discurso grafico que presenta.
- Y por último deja el sonido y bájale todo el contraste y el brillo y escucha el discurso oral que manejan.
No satanizar la televisión nos sugirió solo hay que aprender a mirarla y situar en justa medida lo que ahí se presenta.