MoNos Y ChanGos….
Cuatro manos, maravillosas…
De aspecto físico equiparable, en latitudes distintas un Mono y el otro Chango. Figuras emblemáticas, Cabral y Toledo artistas gráficos colmados de talento, su obra ha marcado a México y al mundo. Sus herramientas principales son sus manos ejecutoras, representan la sinapsis entre imaginación y la realización.
Sureños procedentes de Estados marginados, con los índices de desarrollo humano a la baja pero con una riqueza cultural basta. De Oaxaca y Veracruz respectivamente, Mono juchiteco y Chango huatusqueño. Medio siglo de diferencia, le aventaja Ernesto a Francisco. García Cabral nace en 1890 y Francisco Benjamín López Toledo en 1940.
Viven en el autoexilio de su terruño natal, la ciudad luz resulta un común denominador en sus vidas. Toledo es un primate que huye al halago fácil, ermitaño habita con sus ideas y seres queridos, intelectual público adquiere compromiso con la lucha social y la difusión cultural.
García Cabral es un chango que habitó en el jolgorio de la farándula de sus tiempos, homínido casanova, incursiono en el teatro, tango como bailarín, televisión, en el muralismo. Importador del Art noveu y art déco en México. Jugaba magistralmente con las formas femeninas plasmando la sensualidad en sus creaciones.
En la biografía, que se encuentra en el sitio oficial de Ernesto “El Chango Cabral” (www.cabral.com), Juan José Arreola Zúñiga (1918-2001) comparte una anécdota:
Diego Rivera y José Clemente Orozco se preguntaron un día: “¿Quién es el hombre que dibuja mejor entre todos nosotros?” Como era de esperarse, respondieron indudablemente: Ernesto García Cabral.
Después de recorrer varias partes del mundo Toledo ahora radica en Oaxaca. Estudia técnicas antiguas de creación y explora nuevas formas de representación. La fauna oniromantica que habita en la imaginación de Toledo cautiva, es mística en trazos y colores el relieve de las texturas eriza la pupila.
Deambula como un fantasma en las calles de Oaxaca se mimetiza entre la gente pero no escapa al murmullo del peatón. Su mirada retraída se escabulle entre los alebrijes oaxaqueños, representación de un pueblo que sueña y sigue alimentando al hombre que provee de materia prima al artista.
